3.1. EL TIEMPO DE LOS ALAMBRADOS
Al tiempo de la reducción territorial y de la dispersión drástica y forzada que entrañó para nuestro pueblo la conquista argentina, siguió otro de un largo y penoso tiempo de regreso y de reagrupación de los sobrevivientes, así como también de lucha por acceder a ciertas extensiones de tierra donde poder continuar la supervivencia, tal como lo testimonian los relatos de Don Domingo Huayquillan (2) Don José Segundo Millaín (4) como podemos ver en el acta de nacimiento de los hermanos Martín. Las primeras décadas del siglo XX han quedado selladas en la memoria por la reducción constante y los desalojos violentos de los espacios de radicación acordados; etapa donde los alambrados han constituido la representación simbólica y material del sufrimiento de esos años marcados por la continuidad del despojo territorial (1) hasta tiempos recientes.
La presencia del estanciero (terrateniente), del bolichero (comerciante de ramos generales) y de las representaciones del Estado (ejército, policía y juzgados de paz) hizo confluir a nivel local el poder económico, el de la ley y el de la fuerza represiva contra los anhelos de justicia de nuestros mayores. A esto se sumaron otras instancias estatales (la administración de Parques Nacionales, Vialidad nacional, Gendarmería nacional, la educación escolarizada, etc.) que, junto a la acción religiosa básicamente católica ya presente, fueron gradualmente consumando la ocupación efectiva del espacio territorial con una población criolla e inmigrante, hasta dividirlo en diversos y diferenciados Estados Provinciales, con el grado de autonomía política que establece la particular configuración federal del sistema político e institucional del Estado Argentino.
De esta forma la estructura política, económica y social espacialmente conformada en el territorio enajenado violentamente a nuestro pueblo no ha hecho más que profundizar el despojo material perpetrado, así como la negación de nuestras expresiones culturales y lingüísticas y de nuestros derechos políticos conculcados. En la actualidad diversas divisiones institucionales del Estado administran los más variados asuntos de nuestra vida colectiva e individual. A su vez, las cambiantes administraciones gubernamentales han dado lugar a políticas económicas que han abierto gradualmente nuestros recursos materiales a la voracidad del mercado capitalista estatal y privado, por lo que encontramos así a cada vez más empresas de capitales tanto nacionales como transnacionales afanadas en la explotación de los recursos naturales existentes en nuestra tierra. Sumado a la destrucción de nuestra economía, esto ha traído la doble consecuencia de la pobreza material y el éxodo masivo del campo a las ciudades, en un proceso continuo que lleva ya varias generaciones.